jueves, 5 de junio de 2008

LA MISTICA

Jesús en el evangelio nos muestra tres caminos para llegar a El, cada uno más perfecto que el anterior: el camino del servidor que observa los mandamientos, el camino del discípulo que sigue a Cristo y el camino más perfecto del místico que se une con la divinidad.

Primer camino: Un día un Joven preguntó a Jesús: “Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir la vida eterna?” (Mt 19,16). Jesús dice: “¿Porqué me preguntas a cerca de lo bueno? Uno solo es Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mt 19,17).
La pregunta y la respuesta nos indican que para alcanzar la vida eterna, es necesario servir a Dios, observar sus mandamientos.
Cuando se trata de nuestra vida renunciamos a nuestros gustos y disgustos; estamos dispuestos a todo para salvarla. Estamos en cierto modo al servicio de la vida humana.

Ahora bien, Dios quiere que también nos coloquemos a su servicio, si queremos participar de su vida, si deseamos vivir eternamente y entonces debemos guardar los mandamientos.

El servidor de Dios que desea servirle así, debe conocer sus deberes. La Teología moral nos enseña esos deberes, ciencia que dirige nuestras acciones de acuerdo con los mandamientos y sirve de base a nuestra vida espiritual. Su fin es hacer de nosotros servidores de Dios.


Segundo camino: Cuando el joven oye decir que la observancia de los diez mandamientos es el precio del reino de Dios, dice a Jesús: “He observado todos esos mandamientos desde mi infancia”. Y Jesús al oírlo, lo mira y lo ama. Evidentemente Jesús ve que el joven es ya un servidor de Dios, que posee las cualidades requeridas para adelantar y le propone otro ideal, un ideal más perfecto y no contrario, sino superior al primero: “Si quieres ser perfecto, anda vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme” (Mat 19,20-21).

Seguir a Cristo es tomarlo como modelo, con el deseo de asemejársele, sin buscar otro premio que el de la perfección del Maestro. Seguir a Cristo quiere decir renunciar a sí mismo. Diciendo: Sígueme Jesús quiso decir: Renuncia a ti mismo, sigue mis enseñanzas, mi disciplina; ¡sé como yo!

Cuando Jesús dijo si quieres ser perfecto empleó la palabra aramea Ghémiro, que quiere decir maduro, completo terminado, perfecto en habilidad y saber, un profesional. En griego, profesional se dice ascétes; en el sentido religioso, pues asceta es un profesional en la práctica de la vida cristiana, un discípulo que sigue a Cristo.

La teología ascética es la ciencia de la vida perfecta; enseña el renunciamiento así mismo y la práctica de la virtud. Aspira como fin a la adquisición de una nueva vida, toda energía y libertad, en lugar de la vida de los sentidos, sujeta a la debilidad y a la esclavitud. En otras palabras, nos enseña a formar a Cristo en nosotros, hasta el estado de hombre hecho.

Tercer camino:
Jesús es el instrumento pasivo de su Padre y El lo sabe: Las palabras que os digo, no las digo por mí: el Padre que está en mí hace El mismo estas obras Jn 14,10.

En esta misteriosa unión con el Padre, se muestra como místico y a esa unión ha llamado su Iglesia. Fue la noche memorable que precedió a su muerte. Los apóstoles acababan de recibir su cuerpo y su sangre. Sus corazones ardían aún en fervor, sentían que el Cristo estaba con ellos, pero en seguida su defección les demostró que si el Cristo estaba con ellos, ellos no eran una sola cosa con El.

Jesús pidió por tanto para sus apóstoles esa gracia de unión y no solo oró por ellos, sino también por todos aquellos que por su predicación debían creer en El (Jn 17,20). Es evidente que Cristo oró por la unidad de todos los miembros de la Iglesia; mas el principio de esa unidad es Jesús mismo que actúa en el individuo, como el Padre actúa en El. Exactamente como Jesús es el portavoz y el instrumento del Padre, así El desea que nosotros realicemos su obra, en nuestra unión con El y con el Padre.

Si Jesús ha pedido la unión perfecta, aquellos que participen de ella deberán ser pasivos, para que Jesús pueda actuar libremente en ellos y por ellos, como el Padre actúa libremente a través de El... Para que todos sean uno...(Jn17,21).

Cristo debe vivir en nosotros más que nosotros mismos. No solo debemos servir a Dios observando los mandamientos o seguir a Cristo muriendo al mundo; debemos ser místicos, adorándolo en un abandono completo, o mejor dicho en la absorción de nosotros mismos en Dios.

En la vida mística, la persona se torna, pasiva; Cristo entra en ella y vive en ella y por ella; se torna así en cuerpo místico de Cristo. No es la Iglesia, pero está tan firmemente anclada en El, está tan unida con El, que el espíritu de la Iglesia es su espíritu; está madura para el Espíritu de Dios. Ha muerto para sí misma, para que el Espíritu de Cristo viva en ella y actúe por ella.

En esta posesión divina la personalidad del místico no desaparece, aun cuando se convierta en el cuerpo místico de Cristo. Esta asociación, esta adhesión a Cristo, que lo moldea como la mano del alfarero hace con la arcilla, le da una nueva existencia que excede la naturaleza. El que se une a Cristo, dice San Pablo, es un solo espíritu con El 1Cor 6,17.
El místico siente que es un solo espíritu con Cristo y que vive la vida celeste; sigue siendo sin embargo, una criatura sujeta a las enfermedades de la carne.

Esa sensación de conquista divina, de casi edificación, se torna tan intensa en ciertos místicos, que San Pablo pudo decir: Yo vivo, mas ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí (Gal 2,20).

Todos estamos llamados a esta unidad divina. La perfección mística no es por tanto el privilegio de un pequeño número; es para todos los cristianos y desde luego para mí.

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